Hay enfrentamientos que se explican con estadísticas, y otros que se sostienen sobre un solo partido. El caso de la Real Sociedad y el Atlético de Madrid en la Copa del Rey pertenece claramente al segundo grupo. Todo conduce a una tarde de junio de 1987 en La Romareda, cuando ambos equipos protagonizaron una final vibrante, cambiante y, sobre todo, inolvidable.
La Romareda, llena hasta la bandera
El 27 de junio de 1987, el estadio zaragozano presentó una entrada cercana al lleno, con alrededor de 45.000 espectadores en las gradas. La final se disputó en un ambiente de gran expectación, con dos aficiones desplazadas en masa y un calor veraniego que añadió exigencia física al encuentro.
La Real Sociedad, dirigida por John Toshack, buscaba su segundo título copero tras el logrado en 1982. El Atlético de Madrid de Luis Aragonés, en cambio, aspiraba a reforzar su peso histórico en la competición, donde ya acumulaba varios títulos.
Un partido de ida y vuelta desde el inicio
El encuentro respondió a lo que prometía: intensidad y alternativas constantes. El Atlético se adelantó con un gol de Baltazar, que firmó una gran temporada goleadora y confirmó su instinto en una final.
La reacción txuri-urdin fue inmediata. López Ufarte, uno de los futbolistas más desequilibrantes del equipo donostiarra, empató el partido, devolviendo la igualdad a un duelo que no dejó de moverse. Antes del descanso, el Atlético volvió a golpear. Ramón María Calderé aprovechó un balón en zona ofensiva para hacer el 1-2, obligando a la Real a remar de nuevo contracorriente.
La respuesta llegó en la segunda mitad, cuando Luis María Bakero, entonces en plena irrupción en la élite, firmó el 2-2. Aquel gol no solo equilibraba la final: también consolidaba la sensación de que el partido se decidiría por detalles mínimos.
Nombres propios y peso histórico
Aquella final reunió a una generación de futbolistas con fuerte identidad. En la Real, Luis Miguel Arconada ejercía como capitán y líder absoluto, en lo que además fue una de sus últimas grandes noches con el club. Junto a él, jugadores como Bakero o Ufarte representaban el puente entre la Real campeona de Liga y el equipo que empezaba a renovarse.
El Atlético, por su parte, contaba con una plantilla robusta y experimentada. Arteche lideraba la defensa, Tomás Reñones aportaba solidez en banda y Baltazar se erigía como referencia ofensiva. En el banquillo, Aragonés aportaba ese carácter competitivo que siempre imprimió a sus equipos en las grandes citas.
Prórroga sin concesiones
El empate llevó el partido a la prórroga, donde el cansancio empezó a ser protagonista. El ritmo bajó, pero la tensión creció. Cada jugada se disputaba con máxima precaución, consciente de que cualquier error podía resultar definitivo. No hubo goles en esos 30 minutos adicionales, y la final quedó abocada a resolverse desde el punto de penalti, un desenlace todavía poco habitual en la época y cargado de incertidumbre.
La tanda: precisión, nervios y Arconada
En los penaltis, la Real Sociedad mostró mayor serenidad. Transformó sus cuatro lanzamientos, mientras que el Atlético falló dos de los suyos. El 4-2 final reflejó tanto la eficacia txuri-urdin como la presión que pesó sobre los rojiblancos.
La figura de Arconada volvió a emerger en el momento decisivo. Su liderazgo, su presencia y su capacidad para intimidar a los lanzadores resultaron determinantes. Más allá de las paradas concretas, su influencia psicológica fue clave en el desenlace.
Anécdotas y contexto de una final distinta
Aquella Copa del Rey 86/87 tuvo un formato largo y exigente, con eliminatorias a doble partido hasta la final. La Real llegó tras eliminar a rivales como el Athletic Club, en un derbi cargado de tensión, mientras que el Atlético superó rondas complicadas que reforzaron su perfil competitivo.
La final, además, se disputó en fechas poco habituales para el fútbol actual, a finales de junio, lo que contribuyó a un contexto físico más exigente. El calor, el desgaste acumulado de la temporada y la presión de un título en juego marcaron el ritmo del encuentro.
Para muchos de los protagonistas, fue una noche de despedidas simbólicas. Arconada, icono del club, levantó uno de sus últimos grandes trofeos con la Real. En el otro lado, el Atlético sumó una nueva final perdida en una década de altibajos, algo que marcó el devenir del equipo en esos años.
Un legado que sigue vivo
El 2-2 y el 4-2 en los penaltis no son solo cifras. Son la síntesis de una final que lo tuvo todo: goles, alternativas, tensión y un desenlace dramático. Más de tres décadas después, sigue siendo el único precedente directo por el título entre Real Sociedad y Atlético en la Copa del Rey. Cada nuevo cruce entre ambos revive inevitablemente aquella noche en Zaragoza. Porque hay partidos que no pasan, que se quedan. Y el de 1987 es, sin duda, uno de ellos.

