La conexión aérea directa de Volotea entre los aeropuertos de Donostia y Málaga abre la puerta a una de las escapadas más completas que se pueden realizar desde Gipuzkoa. La capital de la Costa del Sol ha sabido reinventarse durante las dos últimas décadas hasta convertirse en una ciudad que combina playa, cultura, gastronomía y deporte con una naturalidad difícil de encontrar en otros destinos. Aquí se puede desayunar frente al Mediterráneo, visitar uno de los museos más importantes del Estado y terminar el día animando a un equipo de primer nivel en un estadio o un pabellón repletos de pasión.
La Rosaleda, un templo con aroma europeo
Hablar de Málaga es hablar inevitablemente de fútbol. El Estadio de La Rosaleda se levanta junto al río Guadalmedina y forma parte del paisaje sentimental de la ciudad. Allí juega el Málaga CF, un club centenario que ha vivido algunas de las noches más memorables del fútbol español.
Aunque en los últimos años ha atravesado momentos complicados, con descensos y dificultades institucionales, la afición malaguista nunca ha dejado de acompañar a su equipo. Pocos estadios en España transmiten una sensación de pertenencia tan intensa como La Rosaleda, especialmente desde el histórico curso 12/13, cuando el Málaga alcanzó los cuartos de final de la Liga de Campeones de la mano de Manuel Pellegrini y jugadores como Isco, Joaquín, Saviola o Demichelis. Aquella aventura europea sigue muy presente en la memoria colectiva de la ciudad. La Rosaleda, además, puede visitarse durante todo el año a través de un recorrido por el estadio y su museo, donde se repasan más de cien años de historia blanquiazul.
El fenómeno Unicaja
Si el fútbol forma parte del ADN malagueño, el baloncesto se ha convertido en uno de sus grandes motivos de orgullo. El Unicaja vive una de las etapas más brillantes de su historia y se ha consolidado como una referencia del baloncesto europeo. Campeón de la Liga ACB en 2006, ganador de la Copa del Rey en varias ocasiones y protagonista de recientes éxitos continentales, el conjunto verde ha transformado el Palacio Martín Carpena en uno de los pabellones más calientes del continente.
Asistir a un partido del Unicaja es una experiencia recomendable incluso para quienes no son habituales del baloncesto. El ambiente, la identificación de la ciudad con jugadores como Alberto Díaz y la ambición deportiva del club explican por qué Málaga respira baloncesto como pocas ciudades. No es casualidad que el equipo se haya convertido en uno de los principales embajadores internacionales de la ciudad.
Una ciudad mirando al Mediterráneo
Más allá del deporte, Málaga invita a caminar sin prisa. El centro histórico, completamente peatonalizado, conduce inevitablemente hacia el mar. El puerto, remodelado hace años, se ha convertido en uno de los lugares preferidos tanto por visitantes como por los propios malagueños. Muy cerca aparecen playas urbanas como La Malagueta, donde resulta habitual ver a grupos de amigos jugando al vóley, practicando deporte al aire libre o simplemente disfrutando del clima privilegiado de la ciudad.
Con más de trescientos días de sol al año, Málaga permite vivir prácticamente en la calle. Esa forma mediterránea de entender la vida se percibe en cada terraza, en cada paseo marítimo y en cada rincón del casco antiguo.
Picasso, la Alcazaba y una revolución cultural
Quien visite Málaga únicamente pensando en la playa se llevará una sorpresa. La ciudad se ha convertido en una de las capitales culturales del sur de Europa. Cuna de Pablo Picasso, cuenta con un museo dedicado al genial artista que reúne centenares de obras y recibe cientos de miles de visitantes cada año. Junto a él conviven espacios como el Centro Pompidou, el Museo Carmen Thyssen o la Casa Natal de Picasso.
Pero la gran postal de Málaga sigue siendo la Alcazaba. La fortaleza musulmana, situada sobre el Teatro Romano y dominando la bahía, recuerda el enorme legado histórico de una de las ciudades más antiguas de Europa. Desde sus murallas se obtiene una de las mejores panorámicas de toda la Costa del Sol.
Sabor a espeto
Viajar a Málaga también significa sentarse a la mesa. El espeto de sardinas, cocinado sobre brasas junto al mar, es probablemente la imagen gastronómica más reconocible de la ciudad. Pero la oferta va mucho más allá: pescados frescos, frituras, mariscos, gazpelo, ajoblanco o tapas que convierten cualquier paseo por el centro en una experiencia culinaria.
Porque Málaga ha dejado de ser hace tiempo una simple puerta de entrada a la Costa del Sol. Hoy es un destino con personalidad propia, capaz de seducir al viajero que busca deporte, cultura, gastronomía y mar sin renunciar a la autenticidad. Y todo ello, además, a apenas una hora y media de vuelo desde Donostia.
