Hay un momento en el Centro de Tecnificación Deportiva Sonia Etxezarreta de Irun en el que cuesta pensar en el paso del tiempo. Las pelotas de tenis de mesa van y vienen sobre las mesas, las palas golpean con rapidez y el sonido seco del bote se repite una y otra vez. Entre quienes entrenan hay dos jugadores de alrededor de 60 o 70 años. Siguen jugando. Siguen compitiendo. Siguen encontrándose con sus compañeros alrededor de una mesa. Su presencia parece normal dentro de un club de tenis de mesa. Y precisamente ahí está la historia.
Porque Gipuzkoa se enfrenta a una transformación demográfica que hará que escenas como esta tengan cada vez más importancia. A 1 de enero de 2025 había 175.452 personas de 65 años o más en el territorio. Representaban el 24,2% de una población de 724.797 habitantes. Casi una de cada cuatro personas. Entre ellas, 98.949 eran mujeres y 76.503 hombres.
No es una tendencia pasajera. Las últimas proyecciones de Eustat apuntan a que la población de 65 años o más pasará de 539.800 personas en 2025 a alrededor de 658.000 en 2075 en el escenario central, un aumento del 30,4%. Su peso sobre el conjunto de la población subiría del 24,3% al 32%. En el escenario de mayor envejecimiento alcanzaría el 35,1%. La cuestión ya no es si Gipuzkoa va a envejecer. La cuestión es cómo quiere hacerlo. Y en esa respuesta el deporte tiene mucho que decir.
Una población mayor que también hace deporte
Hay un dato que rompe algunos tópicos. Las personas mayores no son necesariamente las menos activas. La Encuesta de Hábitos Deportivos elaborada por Eustat de 2022 situó en el 67,2% el porcentaje de población guipuzcoana que había practicado deporte de forma regular u ocasional durante el último año. Gipuzkoa aparecía así por encima de Bizkaia, con un 61,5%, y ligeramente por debajo de Araba, con un 68%.
La fotografía cambia, eso sí, cuando se introduce la edad. Según Eustat, el 78,4% de los menores de 55 años declaraba practicar deporte, mientras que la práctica descendía a partir de esa edad. Pero entre quienes superaban los 64 años y sí practicaban deporte aparecía un dato llamativo: el 48,7% lo hacía diariamente. La frecuencia, por tanto, puede aumentar incluso cuando disminuye el número de practicantes.
Los datos apuntan en la misma dirección. En 2022, el 34% de las personas de 55 años o más practicaba deporte semanalmente, frente al 77,8% entre los 15 y 24 años. La diferencia generacional es evidente, pero también lo es otra realidad: una parte importante de quienes llegan a la jubilación no quiere abandonar la actividad física. Y cada vez tendrá menos sentido diseñar el deporte como si después de los 60 comenzara una etapa completamente distinta.
A los 60 cambia el objetivo
Durante mucho tiempo hemos contado el deporte como una historia que comienza en la infancia, alcanza su máximo rendimiento en la juventud y termina, poco a poco, cuando aparecen el trabajo, la familia o la edad. Pero esa fotografía está cambiando.
A los 60 hay personas que siguen corriendo, montando en bicicleta, nadando, jugando al tenis o al pádel, subiendo al monte o entrenando en un gimnasio. Otras empiezan entonces. Y no necesariamente porque quieran competir.
La salud y mantenerse en forma son precisamente las principales motivaciones declaradas por la población vasca para hacer deporte. También está cambiando el significado de «hacer deporte». Caminar, andar en bicicleta, hacer gimnasia, nadar o realizar ejercicios de fuerza pueden tener tanto sentido para una persona de 70 años como una competición para alguien de 25. El objetivo ya no es necesariamente correr más rápido. Es poder seguir corriendo dentro de diez años.
A los 70, la palabra clave es autonomía
Cuando se habla de deporte y envejecimiento aparece una palabra que debería ocupar un lugar central: autonomía. Levantar una bolsa, subir unas escaleras, levantarse de una silla, caminar durante un rato, mantener el equilibrio o salir de casa son actividades cotidianas que dependen de capacidades físicas que se pueden trabajar.
Por eso la política deportiva empieza a mirar más allá de las disciplinas tradicionales. La fuerza adquiere una importancia especial. También el equilibrio, la movilidad y la resistencia. La combinación puede ser mucho más relevante que elegir un único deporte. Y el reto no consiste solamente en conseguir que las personas mayores hagan ejercicio. Consiste en que encuentren una actividad que puedan mantener, que les guste y que forme parte de su vida.
La mesa que no entiende de edad
Ahí aparece el tenis de mesa. No es casualidad que un deporte aparentemente pequeño tenga características especialmente interesantes para el envejecimiento activo. La intensidad puede regularse. No exige grandes desplazamientos para comenzar. Pero obliga a coordinar movimientos, reaccionar ante la pelota, calcular trayectorias y tomar decisiones continuamente. Y existe un elemento que no debería infravalorarse: enfrente hay otra persona. La mesa combina movimiento, atención, juego y relación social.
En Irun, el Leka Enea representa bien esa posibilidad. El club mantiene una escuela de adultos y un grupo recreativo destinado a quienes quieren practicar tenis de mesa sin que la competición tenga que ser necesariamente el objetivo. Es una concepción interesante del deporte a lo largo de la vida. No todo tiene que terminar en una liga. Pero tampoco cumplir 60 o 70 años debería significar que la competición deja de ser posible.
Los dos jugadores de alrededor de 60-70 años que protagonizan esta historia encarnan precisamente esa normalidad. No están en la mesa para demostrar que son jóvenes. Están porque siguen siendo jugadores. Y quizá esa diferencia sea importante.
Gipuzkoa está cambiando también su política deportiva
El envejecimiento no solo aparece en las estadísticas. También está modificando la manera en que las instituciones entienden la actividad física. El Gobierno Vasco aprobó en 2023 una nueva Ley de la Actividad Física y del Deporte que amplía expresamente el concepto de actividad física y deporte: no se limita a una modalidad deportiva organizada, sino que incluye también el movimiento cotidiano, la práctica libre y todas las edades. La ley establece además que cada legislatura debe contar con un Plan de Vida Activa y Saludable como hoja de ruta.
En Gipuzkoa, esta filosofía se traduce en una política que intenta acercar deporte y salud. Uno de los instrumentos fundamentales son los Servicios de Orientación a la Actividad Física, integrados en la estrategia Mugiment. Su funcionamiento busca que las personas inactivas puedan recibir orientación profesional para incorporarse progresivamente a una vida activa. El modelo conecta además el ámbito deportivo con el sanitario: desde los centros de salud se pueden identificar personas inactivas y derivarlas a los servicios de orientación. No es un cambio menor.
Significa que la puerta de entrada al deporte ya no tiene por qué ser únicamente el polideportivo. Puede ser también el centro de salud. La Diputación Foral de Gipuzkoa ha convertido además esta orientación en una línea específica de apoyo a las entidades locales. La convocatoria para el periodo 2025-2026 contempla expresamente programas destinados a incrementar la práctica de actividad física entre las personas mayores de 65 años, junto a la creación y mantenimiento de los Servicios de Orientación a la Actividad Física. Es, en definitiva, un desplazamiento de enfoque: del deporte entendido únicamente como competición al deporte entendido también como política de salud pública.
El deporte como prevención
La lógica es sencilla. Si vamos a vivir más años, interesa que esos años se vivan con la mayor autonomía posible. Los datos más recientes sobre bienestar elaborados por Eustat reflejan que el 59% de la población realiza actividad física moderada o intensa al menos tres veces por semana. Entre las personas mayores de 65 años, el 34% declara hacerlo diariamente y otro 29% entre tres y cuatro veces por semana. Pero todavía existe margen de mejora.
La propia encuesta de hábitos deportivos de Euskadi muestra que, entre quienes practican deporte, una parte importante considera que debería hacer más actividad física. Y entre quienes no alcanzan el nivel que consideran suficiente, el 91% afirma que le gustaría hacer más. El problema, por tanto, no es únicamente convencer a la población de que el ejercicio es beneficioso. Es conseguir que las condiciones para practicarlo sean suficientemente sencillas, accesibles y atractivas.
El polideportivo que viene
El envejecimiento va a obligar a los polideportivos guipuzcoanos a hacerse una pregunta incómoda: ¿están diseñados para la sociedad que viene? Una persona de 65 años puede necesitar una cosa. Una de 80, otra. Y dos personas de la misma edad pueden tener capacidades físicas completamente diferentes.
La respuesta no pasa necesariamente por crear instalaciones específicas para mayores. Puede estar en adaptar horarios, formar profesionales, introducir más programas de fuerza y movilidad, facilitar actividades de intensidad diferente y crear espacios donde la práctica deportiva tenga también una dimensión social. Porque el futuro usuario mayor no será necesariamente el mismo que imaginamos hoy.
Será una generación que ha crecido con el deporte, con los gimnasios, las carreras populares, el ciclismo, el pádel y los deportes de raqueta. Personas que probablemente no aceptarán que cumplir 70 años implique abandonar una actividad que forma parte de su identidad.
Los clubes también tienen que aprender a envejecer
El desafío alcanza igualmente a los clubes. Durante décadas, muchos han funcionado con una trayectoria casi predeterminada: comenzar de niño, competir durante la juventud y abandonar cuando llegan los estudios, el trabajo o las obligaciones familiares. Pero una sociedad más longeva permite pensar en otra trayectoria.
Un deportista puede entrar en un club a los ocho años y continuar vinculado a él a los 60, 70 o 80. Puede competir, entrenar, jugar de manera recreativa, ayudar a los más jóvenes o simplemente acudir varias veces por semana para encontrarse con sus compañeros. El tenis de mesa tiene aquí una ventaja evidente. Su práctica puede mantenerse durante muchos años y la competición veterana forma parte de su estructura. El futuro de un club no debería medirse únicamente por cuántos niños entran cada temporada. También por cuántos de ellos siguen jugando décadas después.
Vivir más no basta
Gipuzkoa tenía en 2025 casi 176.000 habitantes de 65 años o más. En las próximas décadas serán muchos más. Y la población de 85 años o más será precisamente uno de los grupos que más crecerá: las proyecciones de Eustat para 2045 calculan 153.100 personas de esa edad, 64.700 más que en 2025, un incremento cercano al 73%. Eso cambia completamente la escala del problema. Ya no estamos hablando de programas dirigidos a una minoría. Estamos hablando de diseñar el deporte de una sociedad que vivirá más años.
En Irun, dos jugadores de alrededor de 60-70 años siguen golpeando una pelota sobre una mesa. Lo hacen porque pueden, porque quieren y porque todavía encuentran en el deporte algo que va mucho más allá de la condición física. Quizá esa sea la imagen que Gipuzkoa debería tener presente cuando diseñe su deporte para las próximas décadas. No se trata simplemente de añadir más actividades para mayores. Se trata de conseguir que cumplir 60, 70 u 80 años no signifique salir del sistema deportivo. Porque el gran reto no será vivir más. Será seguir teniendo motivos para ponerse las zapatillas, coger una pala y salir de casa.
